Despedidas (aún incompletas)
por Mun Raider Febrero del 2011
Ahora recuerdo claramente a la primera chica por la que sentí una atracción devastadora: Tenía una mirada idéntica a la de Sasha Grey. Su cuerpo, una promesa de 17 años a punto de madurar.
Siempre he preferido los frutos ácidos, lo dulce no va conmigo.
Tenía un cuerpo parecido al de una mujer a quién invité a un concierto de nouvelle vague y que se pasó la noche quejándose de sus tacones y de mis cigarros. Cabello negro hasta la cintura, líneas suaves y ágiles como las de un auto deportivo. Pero cuando intenté quitarle el pantalón para penetrarla se negó porque no se había rasurado las piernas.
Lo recuerdo todo esta noche con un trago de sotol y cigarros patrocinados por fetos calcinados.
También recuerdo las palabras atropelladas que me dijo una chica antes de ser desvirgada, la misma que años después no supo evitar el desastre que vendría después de una tarde de whisky. No me perdonó amar a otra mujer.
Ahora sólo podré querer a mujeres capaces de evitarme el desastre.
¿El desastre de amar a otras mujeres devastadoras?
Una vez me enamoré al instante de una chica que conocí en el metro. Jugó a ser inocente y fue la única que en todas nuestras citas siempre llegó hermosa y puntual como la muerte. Tenía el aura de los primeros amores, sólo nos dimos un beso.
Semanas después se enamoró de un vestido de novia y desapareció. Supongo que fue lo mejor.
Mi primera novia, después de terminar conmigo, trabajó a unas cuantas calles de mi casa durante cuatro años. Jamás me visitó. Varios años después me contactó y fue triste comprobar que no había cambiado, seguía siendo la misma mujer que me quiso, pero yo ya no era quien la amó.
Alguna noche me recriminó preocupada un mensaje que decía cosas hirientes sobre un corazón roto. No lo envié yo. Lo comprobamos y me molestó que pensara que a estas alturas hubiera sido yo el autor. Un par de días después, borracho, sí le envíe un mensaje furioso reclamándole lo anterior. Huyó, como lo esperaba, exactamente igual que cuando la primera vez que me dejó.
Con el paso del tiempo he venido recogiendo estos pequeños recuerdos. Frases, mensajes, correos y llamadas telefónicas de madrugada. La mayoría de las veces he preferido olvidarlo todo como quien quema sus cartas, pero inevitablemente el accidente o el destino hacen que nos encontremos brevemente, y yo sonrío. Me llevo todo esto como recuerdo de los hombres que fui. Para recordarme quién soy.
Y es que a veces las mujeres, quizá sin saberlo, desean destruir a un hombre sólo para no ser olvidadas.
Lo que ignoran es que un hombre destruido puede olvidarlo todo en el siguiente trago de sotol.
Continuará…



