2. Araceli

And the smile and the shake of your head…
The Cure, A night like this


En aquel tiempo bebía cerveza y manejaba un rambler 74 al que apodaba Satanás. Tenía 17 años y odiaba el mundo pero tenía un grupo de amigos, y al menos tres de nosotros estábamos enamorados de la misma chica.

Su nombre era Araceli. No era una reina de belleza ni la niña más deseada de la prepa. Era más bien el tipo de mujer que uno tiene que mirar dos veces para darse cuenta de lo hermosa que es en realidad. Tenía gracia en sus movimientos, buen gusto musical (es la única mujer que he conocido que le gustara Theraphy?), y la actitud de una chica que no ha sido decepcionada.

Éramos jóvenes y estábamos llenos de posibilidades. Yo no sabía qué hacer en el futuro y poco me importaba, ella estaba decidida a ser bióloga marina y largarse de esta ciudad. Pero en aquel entonces el futuro estaba muy lejos y yo vivía días eufóricos junto a ella, una temporada en la que tuve la ilusión de ser libre y salvaje. Durante años pensé que aquel había sido el mejor momento de mi vida y ahora sólo puedo dedicarle una sonrisa condescendiente al joven ingenuo y estúpido que fui.

Nunca le declaré mi amor, en ese tiempo ni siquiera intuía lo que implicaba una palabra como esa, pero nos hicimos cómplices y me bastaba muy poco para ser feliz. Solíamos vagar a bordo de Satanás mientras escuchábamos música de The Cure, Nirvana o Depeche Mode a todo volumen y bebíamos cerveza en lata.

Pocas cosas recuerdo de aquellas platicas pero nunca me aburrí a su lado. A diferencia de tantas otras chicas su pensamiento era acción y a la fecha me enamoro sólo de mujeres que posen fuerte personalidad, inteligencia y sentido del humor. Tuvimos largas tardes de conversaciones entre humo y cerveza en los bares de Coyoacán. Fuimos al primer concierto de los Héroes del Silencio en México, en un antro al sur de la ciudad, y también en Rockotitlán escuchamos a la Gusana Ciega una noche que la banda no tuvo más de una decena de espectadores. Esa noche Araceli terminó ebria y vomitó por la ventanilla del coche. Al dejarla en su casa le dije: te besaría si no hubieras vomitado. Y yo a ti, respondió. Ejemplo perfecto de mi estupidez adolescente.

Al terminar la preparatoria Araceli se hizo novia de mi mejor amigo, supongo que así pasó porque fue el único que se lo propuso. El grupo de amigos se dividió y ella pasó a ser  indeseable; pero poco me importó para que la noche de graduación, en el afterhours, bailara con ella Kumbala encerrados en la cocina de una amiga.

Sucedieron muchas cosas después y su novio terminó en la cárcel tras un accidente que tuvimos en Acapulco. Cuando regresé del viaje la invité una tarde a mi casa para explicarle lo que había sucedido, pero casi no hablamos del tema y terminamos bebiendo caguamas y escuchando música. La tensión sexual había patrocinado nuestra amistad y estaba por cobrarnos la factura. Terminamos tumbados en mi cama. Araceli me daba la espalda y yo intenté abrazarla, pero mi mano se deslizó bajo su playera y acaricié sus pechos, ella se volvió al instante buscando mi boca. Nos besamos por primera vez. Desabotoné sus jeans y acaricié su vulva mojada sin romper el beso. Así pasamos las últimas horas de la tarde, con mis dedos penetrándola mientras ella subía la cadera y yo mordía sus labios. Con aquellos besos postergados descubrí lo obvio aunque tuvieran que pasar años para reconocerlo.

No hicimos el amor. En aquel entonces no tenía privacidad y mi madre podía llegar en cualquier momento. Cuando la dejé en su casa me entregó una carta. Me amaba, decía, era la primera vez que algo así me sucedía y me aterré. No supe qué hacer y dejé de buscarla. La cobardía siempre encuentra justificaciones y yo utilicé la traición a mi amigo para hacerlo.

Meses después me visitó por sorpresa junto a su novio. La conversación fue corta e incomoda, venían a pedirme dinero prestado para que ella se practicara un aborto. En aquel tiempo si carecía de algo además de valor era de dinero.

El recuerdo de aquella tarde se convirtió en mi obsesión y desarrollé la mala costumbre de llamarla por teléfono al anochecer desde una cabina telefónica. No tenía nada que decir y me conformaba con escuchar su voz decir aló al teléfono (sí, así era como respondía), para después colgar. Coincidimos nuevamente en la universidad, ella en la Facultad de Ciencias y yo en Ingeniería. Nos frecuentamos algunas veces más pero el abismo entre nosotros era insalvable. Ella maduró y yo permanecí siendo un joven furioso encerrado en sí mismo. Ella cumplió su promesa y se fue de la ciudad a hacer una maestría a Baja California. Yo permanecí rondando los bares de Coyoacán sin compañía. Pienso en aquella tarde, la única en que nos besamos como la frontera entre la ingenuidad y la vergüenza, la posibilidad devenida en decepción. La auténtica pérdida de mi virginidad.

No volví a saber de ella.

 

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